Yoga Iyengar

Yogena cittasya padena vacam
malam sarirasya ca vaidyakena
yopakarottam pravaram muninam
Patanjalim pranjalir anato’smi i

abahu purusakaram
sankha cakrasi dharinam
sahasra sirasam svetam
pranamami Patanjalim
Hari om

Al más noble de los sabios, Patañjali, que creó el yoga para la serenidad de la mente, la gramática para la pureza de la lengua y la medicina para la perfección del cuerpo, te saludo. Me postro ante ti, Patañjali.


Que tienes forma humana en la parte superior de tu cuerpo, Patañjali, y en tus brazos sostienes una caracola y un disco y estás coronado por una cobra de mil cabezas. ¡Oh! encarnación de Adisesa! ¡Mis saludos hacia ti!

Si tuviera que elegir una sola cosa, la más relevante del método Iyengar sería ésta: la amorosa forma que tiene de adaptarse a los distintos cuerpos, condiciones, necesidades y búsquedas que tenemos los seres humanos a lo largo de la vida. 

El método Iyengar es vasto, profundo y curioso. Sin embargo, esa inmensidad no es azarosa. Está cuidadosamente organizada para que el camino hacia las capas más hondas de la práctica sea seguro, concreto y sostenible en el tiempo. En el Yoga Iyengar la exploración es una constante, por eso digo que es curioso. Uno de los principales diferenciales que observo respecto de otros estilos Yoga es la agudeza de la observación, buscando que cada practicante pueda absorber e integrar los beneficios de la práctica.

La precisión y la alineación del cuerpo es considerada una de las perlas de este método: son las llaves de una permanencia natural y de la alquimia psicofísica que se produce en la práctica. Muchas veces, para ello, nos valemos de elementos que, usados inteligentemente, nos ayudan a encontrar o realzar la acción y dirección de las asanas.

El regalo del método Iyengar es generoso: todo ser humano puede adentrarse en él para enriquecer cada faceta de su vida.

 

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